Memo toma una bocanada de aire. Cierra los ojos, se sacude como quien intenta despertarse y dice: «Comencemos». Lo que sigue es su infancia en Soacha Compartir, junto a sus primos Fercho y José: yermis en la calle, risas con lo poco… En menos de lo que cualquiera querría imaginar, uno está preso en el patio quinto de la cárcel La Modelo.
Cuervo balbucea. Se frota las manos sin parar, buscando las palabras para explicar la vergüenza que siente por su antiguo yo: un adolescente de décimo que veía a sus compañeros bajar a la cafetería con un millón de pesos en el bolsillo y ansiaba poder hacer lo mismo. El camino que encontró para acortar esa distancia fue el del dinero fácil.
Salo baja la mirada y su voz se quiebra. Cuenta la vez que mataron a un compañero frente a su colegio, y cómo al día siguiente la hermana del muerto recorrió los salones pidiendo dinero para el entierro. Cuenta también que, poco después, fue él quien terminó arrodillado frente a un lote vacío en Soacha, con un fierro en la nuca, imaginando su final.
Lo que viene a continuación no son cifras. No es un simple expediente, ni una estadística, o una teoría. Son tres realidades distintas enmarcadas por un mismo fenómeno: el juvenicidio en el microtráfico.
Memo, Cuervo y Salo cuentan, cada uno desde su propia perspectiva, cómo la violencia no solo los rozó, sino que les atravesó la vida, la familia, el barrio y el futuro. Sus voces no buscan redención ni moraleja. Solo claman por fin ser escuchados.
Estas son sus historias.
No todos los muertos salen en las noticias. Algunos se quedan en el barrio, en el silencio de la familia, en historias que nadie se atreve a contar. Esta es la de dos jóvenes que crecieron juntos… y que terminaron siendo parte de una realidad que se repite todos los días.
No todos entran al microtráfico por necesidad. A veces es por curiosidad, por presión… o simplemente por querer tener lo mismo que los demás. Esta es la historia de Cuervo, un pelado que lo tenía casi todo, pero igual terminó metido en un mundo donde salir no siempre es tan fácil.
A veces no es una bala la que te cambia la vida, es sobrevivir a ella. Salo lo entendió una tarde cualquiera, cuando estuvo a segundos de morir. Esta es la historia de cómo pasó de mover droga como si fuera un domicilio… a buscar una salida antes de que fuera demasiado tarde.