A Salo casi lo matan una tarde cualquiera, saliendo de un centro comercial en Bosa. Lo supo desde el primer segundo, aunque todavía no lo aceptaba.
El sol caía pesado, de esos días que huelen a cansancio y a pólvora vieja. Llevaba dos millones guardados y cien mil encima: billetes doblados, monedas sueltas. Plata del rebusque, de las ventas, del riesgo. No era la primera vez que salía con plata en la billetera, pero algo en su interior le decía que ese día era distinto.
Dos hombres en bicicleta se le cruzaron sonriendo, como si lo conocieran. Uno de ellos le estiró la mano. Salo respondió por costumbre, pensando que era un cliente más. Entonces sintió el frío del metal: el fierro ya estaba ahí. Lo agarraron de las manos y lo llevaron caminando, sin gritos, sin forcejeos, desde Bosa Centro hasta unos baldíos en Soacha. Polvo, perros ladrando a lo lejos. Lo arrodillaron frente a un lote vacío. Uno le apoyó el fierro en la nuca y le gritó: “¡Quieto ahí, gonorrea!”
Cerró los ojos. Pensó en su mamá, en su papá, en la promesa de sacarlos de ahí. Pensó en las fiestas, en Psico, en las noches sin dormir. Sintió un miedo distinto, más hondo que el de las peleas a cuchillo, más real que la sobredosis que casi lo mata tiempo atrás.
El disparo no llegó. No supo si fue suerte, error o compasión. Lo dejaron tirado. Caminó toda la noche. No recuerda cómo llegó a una avenida ni qué le dijo al taxista. Solo recuerda el temblor en las manos y una frase fija en la cabeza: “ya no más, parce”. Ese fue el quiebre.
Pero la historia venía de mucho antes.
Hoy Salo tiene 25 años, creció en Bosa, un barrio donde la muerte formaba parte del paisaje. “Mi colegio siempre estuvo lleno de pelados que se la pasaban en la calle y que tenían las mismas condiciones que yo. Para muchos, el colegio no era un lugar para aprender, sino el sitio donde los papás nos dejaban para no tener que asumir ciertas responsabilidades. Yo siempre fui callado, muy silencioso. Es curioso, porque a mí siempre me ha gustado estudiar. Siempre he sido muy aplicado con el conocimiento, porque entendí que era una manera de salir adelante: usted aprende algo, consigue un trabajo y aunque sea tiene lo mínimo para vivir, para no preocuparse por el arriendo o la comida. Pero el ambiente social y el barrio sí eran complejos, álgidos”.
En su infancia, la casa estuvo marcada por la ausencia. Sus padres trabajaban todo el día y a veces lo dejaban con su abuela, una mujer del campo que cuidaba, pero no acompañaba. Aprendió temprano a estar solo.
La violencia no era un rumor sino una escena cotidiana. Frente al colegio ocurrió un asesinato a plena luz del día, ante la mirada de estudiantes y profesores. El ataque fue directo, sin intento de huida ni ocultamiento. Al día siguiente, la rutina escolar continuó con una imagen aún más cruda: la hermana del joven asesinado recorrió los salones pidiendo dinero para costear el entierro. “Esa escena no se me olvida. Porque ese era el ambiente todo el tiempo: uno ya sabía quién era quién, qué pelado andaba en vueltas y cuáles no. Por eso yo siempre fui más bien aparte de todo eso”.
Las víctimas eran casi siempre jóvenes. En el barrio se asumía que esos hechos estaban ligados al microtráfico, una asociación automática que se repetía una y otra vez. La juventud se convertía en sospecha y la calle en señalamiento. En localidades periféricas como Bosa, esos prejuicios se profundizaban y terminaban marcando a quienes vivían allí, no por lo que hacían, sino por el lugar que habitaban.
A los trece años empezó a rebuscarse. “Como yo era bien juicioso, pues yo hacía tranzas con los vagos del salón, les hacía los trabajos y ellos me pagaban con dinero. Al principio era dinero, pero los pelados necesitaban enganchar gente. Entonces me empezaban a cambiar la luca por una bareto, la luca por venga se mete un poquito de dick, vamos a tomar una pola…”
Primero llegó “el parche” y luego la sensación de pertenecer. Después vinieron los lugares: las “ollas pesadas”, dominadas por jóvenes armados y perseguidos por la policía, espacios a los que nunca habría entrado solo, pero a los que terminó llegando acompañado. A los dieciocho años ya acumulaba cinco de calle. Rebuscarse “las lucas” se volvió una rutina inevitable, una lógica compartida por muchos jóvenes de la periferia, sostenida por la urgencia de sobrevivir y por el deseo de algún día ayudar a sus padres, sin pensar demasiado en las consecuencias.
Así conoció a Psico. “Nos conocimos un jueves en el Freud, una fiesta universitaria. Yo iba a parchar porque tenía amigos que estudiaban allá, pelados con buenos ICFES, con becas, de esos que uno admira, pero igual siente que no es su mundo. En una de esas noches, buscando a quién comprarle un porrito, me lo encontré. El man, con su bafle, sus gafas, en severa fiesta, re loco. Me ofreció, hablamos, y le caí bien”.
De ahí en adelante, Salo fue cliente frecuente. “Yo iba y le compraba, y el man me empezó a invitar a parchar con él. ‘Venga, nos tomamos una pola’, ‘venga, le invito un porro, una pepa’. Muy amable, muy pana, como muchos dealers que necesitan tener su público. Pero también, cuando reconocen a ciertos sujetos, ven el potencial de engancharlos”.
Psico comenzó a hacerle preguntas precisas sobre su barrio y la gente que se movía allí. No era simple curiosidad: lo estaba midiendo, leyendo el territorio a través de su experiencia en la calle. Poco después, la intención se volvió clara. Le habló de negocios y de la necesidad de abrir un punto cerca de Soacha. Sonaba fácil. Salo no midió las consecuencias y casi sin notarlo, terminó entrando.
La oferta quedó clara: “Efectivamente, era como un Rappi. Uno llevaba el pedido, recogía la luca y ya. Pero con la diferencia de que aquí la línea era de vida o muerte. Porque en esos barrios hay que moverse con cuidado, parce. Si uno cruza una cuadra sin permiso o se mete en territorio de otra banda, eso es una sentencia. Es ponerse los guayos de una vez encima”.
“La oportunidad laboral” como dice Salo, no solo llego como entrada económica, sino como una prueba personal. Con el tiempo, la violencia dejó de sorprender: peleas, enfrentamientos y muerte se volvieron paisaje. Esa repetición fue construyendo una falsa sensación de inmunidad, la idea de ser invencible, de poder drogarse, beber y seguir alerta. La calle, poco a poco, le enseñó a no sentir.
“Era como un parche de amigos, pero también el sitio donde me entregaban la mercancía. Tomábamos, hablábamos mierda, y al final me decían: bueno, esto es lo que hay pa’ esta semana. Y listo. Yo recogía, repartía y me parchaba”.
Había reglas. Nadie hablaba más de la cuenta, nadie se metía donde no lo llamaban, y nadie preguntaba por los jefes. “Los manes eran cuidadosos, hasta inteligentes. Algunos estudiaban en la Nacho, sabían moverse. Yo nunca vi menores trabajando con nosotros, aunque sí les vendía. Pero en otros parches, claro que los había. Uno los veía en los parques, escondiendo la mercancía en caletas, con la mirada todavía inocente, torpe, vizajosita”.
El negocio funcionaba con la precisión de una empresa formal. Tenía reglas, roles y hasta un sistema de ventas claro. La oferta circulaba como un catálogo digital: variedades, calidades y precios definidos. Él no decidía nada; solo movía el paquete de un punto a otro.
El cliente pagaba un poco más por el domicilio y compraba, sobre todo, tranquilidad. No tenía que salir, no se exponía a la policía ni a otras bandas. Todo parecía limpio, controlado. Para él, el pago era inmediato. Sin embargo, cuenta que al principio la plata engaña… «Uno cree que la plata arregla todo… pero eso lo va pudriendo por dentro. Porque en cada entrega, en cada mirada rara, uno empieza a pensar que lo van a tumbar, que lo están siguiendo, que lo pillaron”.
Salo cuenta que algunos jóvenes soñaban con llegar a ser jefes, con ocupar el lugar del que mandaba. Pero en el fondo se repetía la misma lección: en este país a los pobres se les enseña a sobrevivir, no a vivir, y cuando no hay opciones se agarra lo que haya, incluso si eso se parece al infierno.
Salo entendió que la calle no cuida a nadie, que no devuelve lealtades ni favores. “La calle no tiene amigos, la calle solo te devuelve lo que le das: miedo”. Decidió dejar la calle atrás, tomar otro camino. Empezó a cuidar un lote, a pintar murales, a descubrir la cámara. No fue una salvación inmediata, pero sí una decisión clara: elegir seguir vivo.
Hoy Salo no habla desde la hazaña ni desde la redención. Habla desde la supervivencia. Cree que el cambio no empieza en discursos grandes, sino en los barrios donde el Estado deja huecos y otros llegan a llenarlos. Cree que la educación no es solo pagar una universidad, sino garantizar la vida mínima para poder estudiar sin hambre, sin miedo, sin estar siempre al borde.
Salo sigue en Bosa. Camina el barrio con otros ojos. Ya no corre, ya no se cree inmune. Aprendió a quedarse quieto.
“Yo sobreviví —dice—, pero no porque fuera más fuerte. Fue suerte. Y porque entendí cuándo irme.”
Cuando termina de hablar, sonríe apenas. No es alivio. Es conciencia.
La ciudad sigue ahí, igual de dura.
Pero él, al menos, sigue vivo.