Las ideas en la cabeza de Cuervo corren tan rápido que se enredan entre sí. Habla sin pausas, con la urgencia de quien no quiere dejar nada por fuera, o de quien necesita vaciarse para aliviar el agobio. Tiene 22 años, estudia y trabaja y asegura que ya no está “en eso”. Pero cuando recuerda, en cada palabra se le siente el peso de cargar con su historia.
Creció en el mismo barrio, en la misma casa, en una Bogotá que aprendió a reconocer por sus límites invisibles. Su infancia transcurrió entre reuniones familiares donde el alcohol siempre estaba presente. “Mi primo fumaba marihuana —cuenta—, pero nunca me ofreció. Yo sabía qué era, lo veía, pero era algo que no me tocaba”.
Desde muy joven entendió que había mundos dentro de un mismo espacio: el de los que podían tener más, y el de los que apenas llegaban. “Uno no entiende por qué no puede tener lo mismo que los otros. Yo solo quería un celular chimba, unos buenos tenis… nada raro. Pero de niño eso te come la cabeza”.
Tenía 16 años cuando empezó a salir a fiestas con sus amigos del colegio. Fue en ese ambiente, entre música, humo y risas, donde conoció el vértigo del dinero fácil. “Imagínate tú, en décimo, bajando a la cafetería con un millón de pesos en el bolsillo”, cuenta que veía a algunos de sus amigos, todavía sorprendido.
No fue un salto, sino un resbalón. Primero conoció a los que vendían; después, a los que cocinaban. Se volvió el amigo del amigo que conseguía el contacto. “Yo no lo decidí. Se fue dando”, explica. “Uno empieza ayudando, haciendo favores, y cuando se da cuenta ya está metido.”
El encanto de lo prohibido
Por esa misma época también se involucraba en otro tipo de trabajos. Hacía fotografías, y ediciones, moviéndose entre la legalidad y la trampa; vendía excusas médicas falsas hechas con Photoshop. Cobraba cinco mil pesos cada una. Con eso pagaba sus cosas.
Ese ingenio, que parecía inofensivo, fue su puerta a un mundo más complejo. Conoció a un amigo que programaba, un muchacho que a los dieciséis años ya sabía hackear. “Él me enseñó a meterme a bases de datos. A veces me pagaban por conseguir cuentas, por hacer phishing. Yo no lo veía como un crimen. No era consciente de las consecuencias.”
El colegio distrital donde estudiaba era un universo de curiosidad y desparpajo adolescente. “Todos querían probar algo nuevo: una fiesta, una traba, una cerveza. Nadie lo veía como algo grave.” En ese contexto, las drogas no parecían delito, sino una forma de pertenecer. “Yo parchaba en una barbería donde vendían y cocinaban. Éramos pelados de dieciséis, diecisiete años, creyéndonos grandes, con la cabeza llena de cosas y sin entender muchas otras.”
No necesitaba hacerlo, lo repite varias veces. “Yo no lo necesitaba. Pero ver a mis amigos con plata me jodía la cabeza. Yo quería tener lo mismo. Hoy en día lo pienso y sé que era muy ingenuo”.
Así, sin darse cuenta, empezó a moverse entre encargos. Alguien quería marihuana, él sabía quién la vendía. Le pagaban una pequeña comisión y él la pasaba. Primero sin ganancia, luego cobrando. “Empecé como mediador entre el que compra y el que vende. Era un favor entre amigos, hasta que uno empieza a cobrar y se vuelve costumbre.”
El dinero empezó a marcar las diferencias. Cuervo, que a veces no tenía ni para las onces, veía a sus compañeros llegar con fajos de billetes, celulares nuevos y ropa costosa. “Uno se estrella con eso. Porque, marica, ¿cómo justificas esa plata? No puedes llegar a la casa con regalos o ropa, porque tus papás se dan cuenta. Entonces te la gastas: en comida, en fiestas, en trago. Y la plata se vuelve humo.”
Los que no volvieron
Con el tiempo, las cosas se pusieron más oscuras. Cuando estaba en once, a los diecisiete años, casi todos sus amigos cayeron en una redada. El hijo de un fiscal que alguna vez asistió a una de sus fiestas comenzó a delatarlos uno a uno, la policía les cayó a sus amigos. Y empezaron a delatarse los unos a los otros, como si de venderse se tratara para salvar su propio pellejo. “Uno le pedía el favor a otro de que consiguiera [determinada droga] y cuando la iba a entregar, lo recibía era la policía”.
Esa historia lo marcó. Especialmente la de un cercano. “Todos eran estudiantes. Es que ninguno nos dedicamos a eso, sino salía a veces ¿me entiendes?” insistía con el deseo de encontrar comprensión. Un muchacho le pidió el favor a su hermano de que comprara marihuana y la llevara a un lugar. Él no podía hacerlo directamente y como era habitual, pidió ayuda a alguien de confianza. Cuando llegó al punto, lo cogieron a él. “Un pelado que estaba en séptimo semestre en El Externado. Lo metieron a la cárcel y ahorita sigue en la cárcel. Él ya perdió su carrera, perdió su vida, todo por hacer un favor. No porque él vendiera drogas” relata Cuervo con impotencia.
“A mí me llamaron a declarar. En ese momento no había hecho nada de eso. Si hubiera estado un paso más metido, me hubieran caído igual. Me salvé.” Después fue peor. Cuenta que la policía reunió personas capturadas por microtráfico de todas las ciudades, gente que ni siquiera se conocía entre sí. “Salieron en las noticias a decir que habían desmantelado una banda. […] Les montaron dizque concierto para delinquir […] Y ahí salió el papá del chino. El fiscal que te digo. Es ahí cuando uno empieza a entender cómo funciona la justicia en este país”.
Con el tiempo, la calle se mezcló con el código y el código con la droga. Cuervo aprendió que la ilegalidad tiene muchos rostros: el que vende, el que roba datos, el que calla.
Al entrar a la universidad, pensó que podía dejarlo todo atrás. Pero la necesidad volvió a tocarle la puerta. “Cuando uno estudia, trabaja, paga el ICETEX y tiene que comer, cualquier entrada extra es bienvenida.” Empezó a vender pequeñas dosis entre conocidos, casi siempre a otros estudiantes.
Las noches que no se duermen
A veces hacía domicilios para otros. “Me pagaban veinte mil por llevar una bolsa cinco cuadras. Y si era más lejos, más plata.” Con el tiempo, empezó a alternar: llevaba los encargos de otro y, entre tanto, vendía lo suyo. “Así uno hace doble negocio.”
Ya conocía el riesgo. “Todo se basa en deber plata. Ahí es donde empieza la violencia. Si no pagas, te joden. Si le quitas clientes a alguien, te buscan. A la gente la pueden matar por deber un punto.”
Habla de eso con frialdad, dando por hecho que así son las cosas y no más. “Yo pillé lugares donde cascaban gente por deber. O por robar. O por meterse donde no debían”.
Durante un tiempo trabajó como domiciliario nocturno, cruzando Bogotá mientras la ciudad dormía. “Yo caminaba de madrugada por todas partes. Las zonas más gomelas, los barrios más feos, todo. Y uno se da cuenta de que la plata se mueve igual en todos lados. Todos consumen. Solo cambia el precio.”
Una noche, un amigo lo amenazó de muerte. “Era un man con unos papás muy traquetos, familia de esmeralderos. Pensó que yo me estaba comiendo a la moza y me mandó a robar la moto. Después vino a mi casa, me miró a los ojos y me dijo que me perdonaba la vida. Así, literal: que me perdonaba la vida.” Se quedó helado. “Solo le dije: “perrito, gracias por perdonarme la vida”. ¿Qué más hace uno cuando le dicen eso?”
Entre historias de fiestas, persecuciones y miedo, Cuervo también aprendió que las drogas no solo se venden: también se vuelven un modo de vida. “En la farra, ya no vas a farrear, vas a hacer plata. A trabajar. Pero si te farreas, vas a terminar botando las drogas, vas a terminar perdiendo la plata, te van a terminar robando”.
Aprendió a moverse con control. A estar sobrio en medio del caos. A observar. “Hay lugares donde solo se puede vender lo que ellos venden. Si te metes a ofrecer otra cosa, te sacan, te vetan o te entregan.”
Entre risas tensas cuenta que conoció a un sicario que también fue estudiante universitario. “Estudió en mi universidad. Era mayor, como de cuarenta. Mató a dos personas y dejó la carrera. Me mostraba fotos del hijo, del carro. Y se dedicó a eso, a matar. Como si fuera un trabajo más.”
Lo dice sin dramatismo, pero con un tono de incredulidad. Como si no terminara de aceptar que esa violencia está tan cerca, tan mezclada con la cotidianidad.
Salir no siempre es irse
Hoy, dice, ya no vende. Lo dejó hace poco, cuando empezó a ganar mejor en sus trabajos legales. “Es que la plata fácil jode la cabeza. Y la tranquilidad no se compra con nada”.
A veces todavía siente el impulso de volver. No por necesidad, sino por la adrenalina. Dice que “uno mezcla adrenalina con plata y siente que puede con todo”.
Mientras sus palabras se trastabillan, Cuervo baja la mirada, rasca su cuello y entrecierra los ojos buscando entre recuerdos. Se frota las manos intentando otorgarse a sí mismo algo de tranquilidad, pero en sus ojos refleja una lucha interna que oscurece sus pensamientos. Es consciente de sus errores, de las decisiones que pudo haber tomado mejor. Pero a la vez, asume su presente y admite proyectar su futuro en la posibilidad de retomar la venta.
Insiste en que quiere que la gente pueda informarse abiertamente sobre las drogas, que no tengan que ser satanizadas.
Su historia no termina con redenciones ni moralejas. Termina con la calma de quien aprendió a frenar. A mirar a los lados antes de cruzar y elegir sus verdaderas pasiones, así no sean lo que le traiga más dinero. “Yo realmente hice buena luca, pero me sonaba mucho más hacer lo que me gusta por pu*as 10 horas, aunque me perdiera lo que podía hacer con un punto en un minuto”.
“A veces pienso que sobreviví por suerte. Pero también porque aprendí cuándo salirme.” Sentenció.
En lo profundo: contexto cultural
La historia de Cuervo, a diferencia de muchas otras, no refleja hambre, ni una infancia marcada por la calle o la violencia directa. Al contrario, muestra que incluso “teniéndolo todo”, el entorno puede empujar hacia esquinas desconocidas. Es el retrato de una generación seducida por la imagen del éxito medido por fajos de billetes, lujos y poder.
La cultura de la plata fácil, tan arraigada en nuestro país, termina filtrándose en los patios del colegio, en las fiestas universitarias y en las conversaciones de esquina. En su historia se refleja el magnetismo de una sociedad que admira al que “la hace”, sin importar cómo.
Con el tiempo, vio cómo el Estado ausente se hacía presente solo para criminalizar. Sus amigos fueron exhibidos como trofeos mediáticos, como parte de un “gran operativo” que solo buscaba mostrar resultados. Todos eran estudiantes, algunos de ellos solo haciendo favores, pero el aparato judicial necesitaba culpables más que explicaciones.
Cuervo aprendió entonces que las drogas no son un asunto exclusivo de los barrios marginados, ni de las calles sin pavimentar. Al contrario, se encuentran en todos los contextos y las manejan las personas menos esperadas: personas con poder, estudiantes, gente “tranquila” y hasta famosos. Descubrió que la cadena del microtráfico atraviesa todos los estratos y que, en realidad, nadie está completamente fuera de ese circuito.
Para él, el microtráfico terminó siendo, más que un negocio, un espacio de pertenencia. Un lugar donde se construyen identidades, amigos, códigos y anhelos, aunque también se pierdan vidas. A veces por una deuda mínima, otras por estar en el sitio equivocado. Cuervo tuvo suerte. Pero muchos de sus amigos no.
Su historia deja ver que el peligro no siempre nace en la carencia, sino también en el deseo: el deseo de pertenecer, de destacar, de demostrar que uno puede más. En un país donde el dinero rápido se celebra y el fracaso se castiga, esa aspiración puede ser tan letal como cualquier bala.