La muerte de José fue rápida. Un disparo en la cara lo dejó irreconocible, tirado en una calle de Soacha, reducido a una cifra más dentro de los ajustes de cuentas del microtráfico. Fernando, conocido como Fercho, no corrió con mejor suerte: lo mató un policía encubierto mientras robaba en un bus. Los dos eran primos. Murieron con meses de diferencia. No alcanzaban los 22 años. No dejaron herencia, ni historia oficial, ni siquiera preguntas. Solo silencio. Solo olvido. 

Este no es un relato excepcional. Es, por el contrario, un retrato común, repetido hasta la náusea en los márgenes urbanos de Colombia. Pero esta vez alguien decidió hablar: 

Memo creció con José y Fercho. Eran más que primos: eran hermanos de infancia pobre, de juegos inventados con botones y cajas de cartón. Jugaban yermis en la calle frente a su casa, hacían carros con lo que había y reían con lo poco. Todo eso en un rincón en el sur de Bogotá, en el municipio de Soacha Compartir.  “La diferencia en las vidas de cada uno empezó a los doce años”, dice Memo, hoy adulto, padre de dos hijos. Su mamá lo sacó del barrio, lo sacó del entorno, pero a José y Fercho nadie los sacó.  

Las condiciones socioeconómicas de la zona donde vivían hicieron lo suyo. Como un cáncer silencioso, que se instala en las grietas del abandono, del hambre, de la falta de alternativas. Los dos primos tomaron otro rumbo mientras crecían, alejándose de como Memo los recordaba. Primero llegaron los amigos y con ellos los códigos callejeros; después, las drogas, las armas…el robo. ¿Y al final? La normalización de la violencia como modo de vida. 

Fercho desde los 12 años robaba buses.  Se montaba con otros, a veces drogado, otras simplemente con hambre, y se bajaba con celulares, billeteras, relojes. Tenía una fachada: “vendo dulces”, decía. Pero no era ningún secreto. Su familia lo sabía. Después de un tiempo él mismo lo contaba. Lo hacía sin culpa, como quien narra una anécdota cualquiera, entre primos. Lo veían llegar con ropa nueva, zapatos limpios, un par de billetes. Comía con ellos, reía, luego se iba. Les había dado una advertencia: “Si me ven en un bus, no me saluden. Puedo ir acompañado. No quiero que les pase nada”. 

“Era su código”, recuerda Memo. “Sabía que su mundo era peligroso y trataba, dentro de su lógica, de cuidarnos”. Intentaba protegerlos, aunque era él quien traía el peligro consigo. Una vez, uno de los primos coincidió con él en un atraco y, al reconocerlo, Fercho bajó a sus cómplices. No lo tocaron. Fue una excepción. 

Cuando la familia se enteró de la captura de Fercho por robo y los cargos de la ley 30, por consumo y expendido de drogas, solo Memo decidió ir a visitarlo en la cárcel La Modelo. Al llegar ahí se encontró con que José también estaba preso. No lo sabía. Fue él quien lo reconoció primero. “Primo, usted vino a visitarme. Qué alegría”, dijo José, creyendo que era su día. Juan, sin saber cómo responder, fingió que sí. José era distinto. Más reservado, menos visible. Pero igual de involucrado en la situación. 

En ese momento, los dos primos estaban en el mismo infierno. Fercho, en el patio cuarto por robo. José, en el quinto, por expendio de droga, consumo y tenencia ilegal de armas. La cárcel no les ofrecía redención. Solo los juntaba. Y los acercaba más a la muerte. 

En el patio de la cárcel, Fercho y José se abrazaron. Pero la paz duró poco. Un viejo enemigo de José, apodado “El Cali”, también estaba allí. Lo acusaba de haber delatado a varias personas en Soacha, de “cantar las ollas”. Estaba listo para matarlo. Solo la intervención de Fercho que casualmente resulto ser su compañero de celda lo convenció y evitó el apuñalamiento. Hicieron un pacto informal, propio de ese universo paralelo: adentro no se tocaban. Afuera era otra historia. 

Fercho salió de prisión primero. José salió unos meses después. No alcanzaron a gozar de la libertad. A José lo asesinaron en un ajuste de cuentas al poco tiempo. Memo tuvo que ir a identificarlo en la morgue rodeado de otros N.N. Lo reconoció por un collar que le había regalado en la cárcel. Le entregaron su cuerpo en una carretilla, dentro de una bolsa verde envuelto en cartones. Memo baja la voz al contarlo, revivir las imágenes de como tenía que acomodar su cuerpo para que no se saliera de la carreta mientras lo arrastraba. Eso era lo que valía la vida de su primo, levantarlo del suelo como una bolsa de basura y subirlo a la carroza fúnebre. No hubo solemnidad, no hubo empatía, no hubo dignidad. Solo horror. 

Durante el velorio, hombres armados entraron al lugar, revisaron el cadáver, confirmaron que estaba muerto y se fueron. Nadie dijo nada. Nadie llamó a la policía. Todos sabían por qué estaban allí. 

Fercho murió poco después, al subirse a un bus a robar. Entre los pasajeros había un policía. Lo mató de un disparo. Su entierro “parecía sacado de una película”, cuentan sus familiares. Los mismos con los que robaba fueron los que llegaron al cementerio a arrojarle licor y marihuana al ataúd. Hubo música, disparos y peleas. Una mujer se lanzó sobre el ataúd. Abrieron la caja. Todos vieron su cuerpo. La familia no pudo acercarse. 

“Solo quedaron estadísticas”, dice Memo. Ningún fiscal investigó. Ningún juez preguntó. Ningún Estado se hizo presente. ¿Quién falló primero? ¿La familia? ¿La escuela? ¿La policía? ¿El Estado? ¿La sociedad entera? 

Memo no busca culpables. Pero sí responsabilidades. “Nosotros, como familia, también fallamos. Nunca hubo una conversación, nunca hubo un intento real de ayudarlos. Todos preferimos apartarnos. Era más fácil decir que estaban perdidos que intentar rescatarlos”. 

Hay algo profundamente humano en lo que dice: una mezcla de culpa, dolor y lucidez. No hay superioridad moral. Solo reconocimiento. “Nadie me apoyó cuando quise visitarlos en la cárcel. Todos decían que ‘qué iba a hacer yo allá’. Pero ellos también eran parte de esta familia”. 

Hoy Memo tiene dos hijos. Intenta criar con diálogo, con acompañamiento y vigilancia activa. Les repite una y otra vez: “Cuidado con las amistades. Cuidado con las decisiones. Cuidado con decir que sí por miedo a decir que no”. 

Esta no es una historia sobre narcos. No es una historia de éxito ni de redención. Es una historia de derrota. De dos jóvenes que no fueron asesinos famosos ni capos millonarios. Fueron carne de cañón. Mano de obra barata. Reemplazables. Anónimos. 

Y es también una historia sobre nosotros, sobre lo que no hicimos. Sobre lo que seguimos sin hacer. 

Mientras las instituciones discuten leyes punitivas, los barrios siguen devorando adolescentes. Mientras los gobiernos anuncian planes de seguridad, las cárceles se llenan de muchachos sin opción. Mientras las familias prefieren el silencio, los jóvenes aprenden que el plomo pesa más que el consejo. 

Fercho y José existieron. Tuvieron nombre, cuerpo, sueños. Dejaron hijos que quizás jamás sabrán la historia real de sus padres. No fueron monstruos. Fueron víctimas de un sistema que no perdona la pobreza, ni el error, ni la rebeldía sin guía. 

Quizás lo único que pidan, ahora, es que no se les olvide.